sábado, mayo 10, 2008

Sacarle poto a la jeringa.

No se yo, pero a quién no le ha pasado, que llegado el momento específico, de cierta forma no queremos afrontar lo inevitable recurriendo a las más insólitas excusas.
Es así como el pequeño niño se encontraba en la fila del curso, podía ser un día rutinario cualquiera, sin embargo, por la campaña de vacunación masiva, perdíamos horas de clases aburrida.
Tenía la suerte de no ser el primero de la lista, por mi apellido . Lo cual, no se si sería más bueno, por una parte podría juntar fuerzas para enfrentar el momento, por otro lado, puedo ver a mis pares salir con una cara poco característica, dada la situación.
Me abstraigo, del instante y converso con mi compañero más próximo, tiro bromas y molestamos a los que van saliendo, todo parte de un nerviosismo interno, que me hace mostrar a todos lo preocupado que me encuentro de vivir la experiencia.
El tiempo inevitablemente pasa, y lo que se veía lejano, ahora es próximo queda mi compañero de enfrente, y luego me tocará a mi, entra, parte de mi quiere saber como será la experiencia, mis oídos están alerta y sienten un chillido y exclamaciones del interior de la sala. Mi cabeza imagina lo peor, me mareo y caigo al piso, pierdo el conocimiento, creo que me he desmayado. Entro en un sueño imaginario, donde nada es coherente, todo si es grato y cálido. Luego de un rato abro lo ojos, veo todo claro y luminoso, blanco una persona se acerca a mí y me dice: Debería haberse vacunado, ahora va a tener que pasar por un calvario enorme, los pinchazos serán numerosos y el dolor será agotador. Pienso para mí, esta vez no pude elegir, hubiese preferido lo contrario, ahora pagaré mi falta de valentía, soy un cobarde. Me despierta entonces el calor de un metal incandescente, que lentamente hace que mi brazo muera, y aquél líquido penetre la armadura de temeroso que nunca debí ponerme.

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